FANDOM


He vivido una experiencia que a mí me pareció feliz, pero según los psicólogos a los que me llevaron fue perturbadora. Tenía diez años, y vivía en una hermosa casa de un barrio cerca de la ciudad de Buenos Aires; mi madre se había separado de mi padre, él se suicidó y ella vivía con su novio en España. Yo vivía con mis abuelos y me trataban muy bien, podría decirse que fueron de los mejores abuelos que existieron. La historia comienza cuando mi abuelo falleció.

Luego del velorio de mi abuelo, mi abuela y yo nos encontrábamos en casa, haciendo lo que hacíamos normalmente excepto que sin el buen hombre; ella preparaba la merienda y yo miraba la televisión. A pesar del alto volumen del aparato, había un silencio inusual: faltaban las risas y los comentarios del abuelo que escuchaba el noticiero por la radio. Entristecido por no escuchar la dulce voz del anciano, me tragué el yogur y las galletas y me fui a tomar una siesta.

El sueño que tuve fue bastante extraño. Sin abuelo, me sentía falto de su amor, y necesitaba a alguien más a quien querer. Entonces, en la pradera de mi subconsciente, apareció una niña muy bella de más o menos mi edad, con cabellos rubios hasta las rodillas, una mirada perdida y ojos azules oscuros. Parecía un ángel caído del cielo, pero sin ningún mal en su interior; la tez blanca parecía brillar a la luz del sol en aquel lugar hermoso. Me quedé contemplándola un largo rato mientras ella miraba al sol, muy lejos, después de un tiempo, se volteó hacia mí y caminó despacio en mi dirección. Me tomó de la mano y me dijo:

-Has perdido a tu abuelo, ¿verdad?

-Lamentable, pero sí. Dime, ¿quién eres tú?

-Soy Julieta. ¿Y tú, cómo te llamas?

-Me llamo Santiago. ¿Qué haces aquí?

-Qué raro, tantas preguntas. Es tu sueño, ¿no? Tú dime qué hago aquí.

-Pues no lo sé.

Bajé la cabeza y miré hacia otro lado, pensando en mi abuelo. De repente, Julieta me tomó de la barbilla y me miró fijamente a los ojos unos segundos. Luego, dijo con una voz dulce:

-Extrañas a tu abuelo.

-Siento que no estoy del todo bien sin su amor.

-¿Y no aceptarías el amor de otra persona?

-¿De quién?

Sus blancas mejillas se pusieron rojas.

-El mío.

Apenas terminó de decir esto, me acercó sus labios y me dio un beso. Me desperté sobresaltado, tocándome la boca y descubriendo que en ella tenía sangre; mi abuela dijo que me habría mordido mientras dormía y que nada pasaba. Cuando me tranquilicé, me volví a dormir y tuve de nuevo el sueño con la niña, sólo que esta vez estaba tendida en la hierba junto a mí, mirando las estrellas del cielo ahora oscuro. Me estaba tomando de la mano mientras me contaba que ella ya existía allí antes de que yo soñara ese campo verde, vagando sin rumbo, buscando a alguien a quién amar.

-¿Alguna vez has amado a alguien?

-Depende.

-¿Como tu pareja?

-No.

-Y ahora, ¿amas a alguien?

-No.

Con una cara triste, se volvió a recostar en la colina. Yo sentía remordimiento de haberle contestado que no, cuando en realidad la amaba a ella ahora que la conocía, pero supongo que me daba vergüenza. Me quedé adormilado y me desperté con aún más sangre en la boca. Entonces, vi en el rincón del cuarto oscuro una silueta a la que decidí no molestar; bajé a cenar y no le conté nada a mi abuela sobre lo que había soñado, sorbiéndome la sangre para que no se preocupara por mí. Cuando volví a ver la televisión en mi cuarto, la silueta estaba en mi cama, y descubrí con asombro que era una niña de cabellos rubios, piel blanca y ojos azules: Julieta. Creí que era un sueño, y traté de tocarla para despertarme luego; la toqué, pero no se desvaneció ni yo aparecí cubierto por las sábanas. Ella era real, y me invitaba a ver la tele junto a ella, puesto que ya no estábamos en la pradera de mi sueño.

Conversamos por un rato, y me contó que mi sueño se hizo tan fuerte que se volvió realidad, y Julieta estaba allí para estar conmigo. Me sentí muy feliz, y prometí que siempre que volviera de la escuela me quedaría en mi cuarto con ella; durante años, hasta que tuve quince, seguí conversando con ella en mi cuarto cada vez que volvía de la escuela. Lo sorprendente fue que, aunque fuera un producto de mi subconsciente, ella iba creciendo como yo, y se había convertido en una muchacha muy hermosa. Me contó que no podía venir conmigo a la escuela porque si dejaba ese cuarto donde yo dormía se desvanecería hasta desaparecer.

Un día, ella me preguntó:

-Santi, ¿quieres estar conmigo por siempre?

No supe qué responder. Por un lado, la amaba a ella y a nadie más, pero por otro, no podría recluirme en mi cuarto para siempre solo por eso, y aislarme de la sociedad; de alguna manera adivinó mis pensamientos y puso una cara de tristeza leve.

-Santi, ¿quieres estar conmigo por siempre? -repitió.

-Quiero que sepas que fue muy feliz estar contigo todos estos años, pero que no puedo quedarme en mi cuarto por siempre. Lo siento, pero no.

En su cara se proyectó una expresión de enfado, y me desmayé.

Me desperté en una camilla de hospital con mi abuela a mi lado, y una mirada de tristeza en su cara al contemplarme tan herido. No pude aceptar el relato que me contaron sobre lo que sucedió:

-Tu abuela fue a despertarte creyendo que estabas dormido, pero cuando entró al cuarto encontró que estabas desmayado y que una niña de rasgos demoníacos succionaba sangre de tus labios. Dijo que sus pupilas eran rojas, y presentaba un cabello rubio enmarañado y unas garras con uñas negras. Apenas vio a tu abuela, saltó por la ventana y desapareció en la noche; dinos, ¿quién era esa chica?

Repetí el relato hasta el cansancio, y nadie me creyó en los diez años desde ese suceso. Me enviaron a numerosos psicólogos pero todos comprobaron que yo no creía que eso tan feo haya pasado, y que todavía sigo confiando en que una vez que vuelva a mi cuarto, Julieta me va a estar esperando.


Atte: