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El anciano les había advertido, sin embargo, ellos no hicieron caso. Se dirigían a la casa más vieja del pueblo, a cumplir con el reto que, hace una semana, la niña pelirroja de su clase les había dado.

Hace una semana…

-¿Entonces, no lo van a hacer? ¿Tan cobardes son? –preguntó Julieta.

-¡No somos cobardes! –exclamó Pedro, con la cara roja de furia.

-¡Pero tampoco estamos locos! –reafirmó Manuel, una vez más, con el ceño fruncido.

-¡Cobardes, cobardes! –canturreó Julieta, mientras danzaba como una gallina.

Sólo por hacerse el valiente, Pedro dijo que iba a aceptar el reto, que no tenía miedo. Manuel lo asesinaba con la mirada: él sí estaba muerto de miedo, y tenía menos ganas de realizar el desafío que cualquier otro. El reto era: ir a la casa más vieja del barrio, donde se suponía había fantasmas… allí, muchos años antes, habían asesinado a sus residentes y a los posteriores a esos, y a los posteriores a esos. Desde entonces, se dijo que estaba maldita. Debían encontrar los lugares donde fueron asesinados los habitantes, y traer al menos un hueso de ellos.

Una semana después…

Y ahí se encontraban, frente a la puerta de madera rota que daba al interior de la Casa de los Fantasmas; se podían ver varios muebles antiguos y costosos desde las rendijas. Los dos jóvenes estaban temblando y con los pelos de punta, con miedo a poner un solo pie dentro de la casa. Como estaba cerrada desde adentro, Pedro metió un brazo por un agujero y abrió la puerta.

Apenas entraron, observaron el vestíbulo: se notaba viejo, lleno de telarañas y mugre; arañas grandes como una mano recorrían el salón de punta a punta. Daba toda la sensación de ser una casa poblada por fantasmas. Se pusieron a explorar, y buscar, por lo menos, un cráneo de los antiguos habitantes; subieron las escaleras al fondo de la casona y apreciaron las enormes manchas negras que indicaban que allí hace mucho, hubieron charcos de sangre. Ambos quisieron vomitar, pero tragaron y prosiguieron a las habitaciones… Allí, encontraron lo que buscaban: un cadáver yacía junto a una cama llena de polvo, pero…

Poco a poco se fue levantando. Primero movió los brazos, con evidente dificultad, y las piernas con la misma lentitud de antes; cuando estuvo levantada (era una mujer de entre 20 y 25 años, bonita, de cabellos castaños y tez blanca. Ya no poseía ojos.), dirigió una mirada inexistente a los dos muchachitos, que morían poco a poco de terror. Se aproximó a Manuel, y puso su boca cerca de su oído; despedía un aliento a podredumbre insoportable. Pronunció:

-¿Por qué estás acá? Esta es mi casa.

-S-s-sólo v-vinim-mos a agarrar u-u-un brazo o… una p-p-parte de t-tu cuer… -se interrumpió a sí mismo.

-¿Una parte de mi qué?

-¡Una parte de tu cuerpo! –terminó Manuel, exclamando.

-No importa. ¿Qué tal si yo arranco de cuajo todas las tuyas?

-¡¿Qué?!

Sin darles tiempo a reaccionar, la mujer se echó para atrás y se volvió a abalanzar, de un salto, sobre los chicos…

Un mes después…

Julieta se seguía preguntando dónde estaban sus dos amigos. Hace un mes, ellos habían aceptado su reto y fueron a la Casa de los Fantasmas; nunca volvieron, pero todo siguió como si nada… como si ellos nunca hubieran existido. Se decidió a ir a la casona, y buscar a sus amigos.

Cerca de las dos de la tarde de una fecha incierta, la niña se encaminaba a la casa más antigua del barrio. Ella no tenía miedo: estaba orgullosa de tener insensibilidad a las cosas terroríficas; apenas llegó, no tuvo miedo, pero su cuerpo se llenó de dudas y nervios. Seria de verdad, pasó a través de la puerta abierta y contempló el salón cubierto de años y años de suciedad.

Llamó, llamó y llamó a los chicos incesantemente, pero nadie respondió. Pateó las paredes de madera con tal de hacer suficiente ruido para que la escucharan, pero ni aún así hubo respuesta; después de recorrer la cocina, el baño de la planta baja, la sala de estar y el comedor, subió la escalera y posó sus pies sobre las maderas rechinantes del primer piso. Revisó el baño y nada: miró hacia la última puerta que quedaba. Tomó el picaporte y abrió de un empujón…

Allí vio dos cuerpos descuartizados y cubiertos de sangre, sobre una mesa, dos cabezas que, probablemente, eran las de sus amigos. También, antes de nublársele la vista, pudo distinguir una chica veinteañera que se acercaba poco a poco.

Cinco días antes…

-Despiértate… ¡Despiértate!

-No… yo… quiero estar muerto…

-¡Vos! ¡¿Por qué no te despiertas?!

Un sonido parecido a un quejido llamó la atención del fantasma. Miró hacia donde estaba esa cosa que podía considerarse un rostro.

-Él… ya está… muerto…

-¿Ah, sí?

Clavó otro cuchillo enorme sobre esos dos objetos largos que parecían ser piernas. Un grito resonó por esa habitación oscura.

-¿Por… qué… no me… matas de una vez…?

-Porque sería tener piedad, después de lo que hiciste. ¡Intentaste sacarme una parte del cuerpo!

Esos dos sujetos destrozados antes solían llamarse Pedro y Manuel. El que aún podía hablar, quizá era Manuel.

-Alguien… va a venir… por nosotros algún día…

-¿Y qué van a hacer contra mí?

-Una vez… que se den cuenta… de lo que eres… van a demoler esta casa… vos existís… por… este lugar. Acá moriste… y si lo destruyen… vas a desaparecer… Tu existencia… está ligada a esta mansión…

-¿Sabes qué? Decidí no escucharte nunca más.

Enterró un clavo lentamente en el estómago de Manuel, y la muerte fue cerrando poco a poco sus ojos.

En la actualidad…

La casa sigue allí, aunque ya nadie más se atrevió a ir a aquel lugar maldito. Allí, puedes encontrar muebles viejos, telarañas, cadáveres, fantasmas… Hoy en día, tres cadáveres de tres pobres niños están descansando para siempre en una habitación de la casona; puedes ir si quieres, comprobarlo por ti mismo. Quiero que lo sepas: lo haces bajo tu entera responsabilidad, ya que los espíritus aún no pueden descansar en paz. Ahí, en esa casa abandonada, aunque no lo creas, hay…

Fantasmas.


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