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Una niña y un niño se dirigían al puesto de helados de la esquina. Se llamaban Alejandro y Lucía. Ambos eran mejores amigos desde que tenían dos años, y muchas veces demostraban su amistad haciendo cosas por el otro que pocas personas hacen. En esta ocasión, ambos pidieron helados de fresa, pero a Lucía se le cayó el suyo antes de poder probarlo. Se puso a llorar en silencio en el suelo. Alejandro, apenado, pidió dos cucharas y las hundió en el helado, tomó la mano de Lucía y le dijo:

-Compartamos el mío.

La jovencita mostró una sonrisa poco usual. Los demás solían molestarlos diciéndoles los enamorados, pero ella siempre se lo había aguantado con una sonrisa de optimista forzada; esta vez sonreía de verdad, de felicidad, y por primera vez las palabras con la que los burlaban se hicieron realidad. Se incorporó, se secó las lágrimas y dio un beso en la mejilla a Alejandro. Este se enrojeció.

-¿Qué pasa? ¿Un problema?

-No, nada.

Se tomaron de las manos y siguieron dando los saltitos, pero esta vez juntos. Las personas que pasaban junto a ellos dejaban escapar unas risas ahogadas, pero a los chicos no les importaba: ahora estaban juntos. No se separarían nunca más.

...

Julio tomaba la mano por la calle a una joven que no debía de tener más de catorce años, pelirroja y de ojos esmeralda; la chica estaba pensativa y tenía fruncido el ceño, como si intentara recordar algo pero no pudiera. Julio se dio cuenta y le preguntó lo siguiente:

-Lucía, ¿estás bien?

-Sí, no pasa nada.

Desde un callejón, un adolescente los observaba con furia. Estaba llorando y apretando sus manos, que estaban tan rojas que parecía que iban a estallarle. Se tiró de espaldas contra la pared, y empezó a acordarse de un evento que había sucedido hace más de cinco años. Él conocía a Lucía, y de hecho ésta le había prometido cuando ambos tenían nueve años que se casaría con él, pero la cambiaron de escuela, y no habían vuelto a verse; allí, la niña conoció a Julio, y permaneció a su lado, y le prometió exactamente lo mismo que a él.

El chico se llamaba Alejandro, y venía acumulando odio contra Julio desde entonces (e incluso un poquito contra Lucía).

Un día, en un realmente hermoso verano, Julio y Lucía estaban pasando la tarde en un parque cercano a la casa de Alejandro. Esta vez, se podía ver a Lucía realmente triste y deprimida, y en sus ojos se reflejaba la pena que sentía. Realmente extrañado por no ver en la cara de su amada una sonrisa radiante, le preguntó Julio:

-Ey, ¿qué pasa?

-Julio, vete de mi vida, no me vuelvas a hablar nunca más.

-¿Qué estás diciendo?

-He hecho una promesa hace cinco años, y ahora debo cumplirla.

Salió corriendo hacia un lugar que conocía. Recordaba el olor de las rosas del jardín, el agradable color de sus paredes de madera y, por sobre todo, el rostro del muchacho: ese rostro que sólo expresaba alegría para ella. Se detuvo frente a esa casa, y pasó saltando por encima de la verja, se dirigió hacia la puerta y tocó el timbre. Atendió un joven de su misma edad, y la chica se colgó de su cuello, dándole un enorme abrazo.

-Has entrado tan rápido que no te he visto, ¿quién es?

-Una conocida tuya.

-¡¿Lucía?!

-Pues sí, tonto. ¿A quién esperabas?

-Incluso a un ladrón, pero no a ti.

Alejandro tomó el rostro de la niña, y le dio un beso. No se separaron más, y se tomaron de las manos como lo hacían cuando eran niños. A ambos se le notaban la alegría en la cara, la alegría de reencontrarse, la alegría de... pues, de todo. Se recuperaron los días perdidos uno sin el otro uno a uno; pocas veces se los veía sin el otro al lado, tomándole la mano.

También regresó la alegría de sus compañeros por verlos juntos de nuevo. Antes los burlaban, pero una vez que maduraron entendieron sus sentimientos. Muchas de las personas del las escuelas y de la calle estaban contentas de verlos así, excepto una. Sólo una. Julio. Se le podía ver solitario rondando sin rumbo, sollozando en silencio y con enormes ojeras; el pobre no había superado perder a la única persona que había amado: Lucía. Al final llegó una conclusión: debía acabar con su amor.

Lucía y Alejandro se encontraban tomando unos helados sentados en un banco del parque. Julio, por su parte, había tomado el rifle de caza de su padre, un silenciador, y un cuchillo; ajustó la mira a cincuenta metros y podía ver perfectamente las cabezas de los enamorados. Colocó el silenciador en la punta del rifle, y disparó contra la cabeza de Lucía. Desesperado, Alejandro intentaba averiguar cómo salvarla, cuando otro disparo impactó contra su pecho... ambos habían muerto tomados de las manos. Y Julio, triunfante, tomó un cuchillo y se lo enterró en el estómago; murió desangrado.

Se han encontrado los cuerpos de una pareja, que se encontraba paseando por un parque. Se los halló tomados de las manos, pero sin ningún rastro de daño; evidentemente, murieron de un infarto. Durante las fotos, aparecieron unas sombras igualmente tomadas de las manos, de un hombre y una mujer. Sólo se les pudo ver en las fotos. Fue inútil, sólo se pudieron conseguir imágenes por las fotos que se tomaron. Desde entonces, no han aparecido de nuevo de esta manera, aunque también desde entonces han habido muchísimos más casos de estos asesinatos de parejas...


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